La Navidad se muere
La transformación que ha sufrido la época de la navidad es total. Los contenidos fundamentales que durante toda la historia de la cristiandad se fueron aceptados y que le diferenciaban otras épocas del año, no se ven por ninguna parte y lo peor, a los jóvenes no les interesa. La novena de aguinaldo, el despertar entre globos y voladores, el juego de los aguinaldo, el pesebre y hasta el árbol de pino colmado de nieve y adornos, (cuestión importada por el comercio hace unos cincuenta años), solo se observa en uno que otro lugar. La iluminación pública, para el caso del Área Metropolitana de Bucaramanga ha sido muy pobre, casi miserable. En los establecimientos comerciales, muy contados tuvieron iluminación y aderezos que se identificaran con la navidad.
Gentes que aún viven y que existieron de los años 40 en adelante, del siglo pasado, relatan la diferencia. No había la iluminación de ahora, pero si el entusiasmo de las gentes. Nadie de iba a vacaciones, irse a la costa a tirarse en una playa, consumir bebidas embriagantes y pasar como un fantasma, solo entre tanta gente. A los hoteles y agencias de viajes de hoy solo les interesa la persona a la hora de consumir y pagar la cuenta. Si alguien salía del pueblo era a “temperar”. Normalmente los de clima frío iban al clima caliente o inversa. Eran los invitados y el centro de atención. Los padres se esforzaban por meter en la cabeza a sus hijos el porqué de la navidad, cuestión que no enseñan ni los curas, menos los pastores o predicadores de otras religiones cristianas diferentes a la católica.
La navidad era una época para hacer amigos, especialmente entre los jóvenes quienes no desaprovechaban la ocasión con las apuestas de aguinaldos. Los habían de muchas modalidades entre ellos pajita en boca, hablar y no contestar, el beso robado (para los mayorcitos), estatua, etc. Quienes los jugaban eran parte fundamental de la navidad como el pesebre en cada hogar por más humilde que fuera. Después del 8 de diciembre comenzaba su elaborar. Había un verdadero de derroche de buen gusto y creatividad y la parroquia con cura y coros de villancicos luego del 16 los visitaba. Era un gran concurso donde no había dinero ni cosas parecidas, era el honor de haber hecho la mejor representación del nacimiento. Los regalos eran para los niños, simplemente juguetes como carritos y muñecas.
Mi abuelo recuerda como el cura en una ocasión lo reprendió fuertemente en público. Estaban rezando la novena, cuando vio la ocasión de ganarle a una jovencita los aguinaldos, beso robado, que habían apostado. Ni corto no perezoso le estampo el beso en la mejilla derecha. Lo curioso, resonó en todo el pueblo y nadie se quedó sin saber que le había ganado a la chica los aguinaldos. ¿A que no adivinan quién es mi abuela? La pólvora resonaba por todas partes y sus resplandecientes colores iluminaban con millones de estrellitas el cielo. Los muchachos mayores hacían bolas de candela (trapo envuelto, amarrado con alambre y humedecido en petróleo). Los toros de candela eran para el 24. “yo no me acuerdo de tantos quemados como dice la televisión ahora…”
Los tamales no se compraban, se preparaban en cada hogar. Llevar a la mesa un tamal comprado habría sido un insulto para quienes iban a manteles. El vino de uvas no faltaba y la mestiza rellena de una cantidad de golosinas enloquecía a la gente. No había gaseosas de ninguna trasnacional, era una taza de cacao preparado en leche. Bueno, en fin, esto ha cambiado en forma dramática y lo malo es que va para el barranco en donde en pocos años desaparecerá para siempre. Da lástima que nuestra cultura, nuestros valores, desaparezcan y sean cambiados por intereses comerciales.






