Vuelvo a creer en Colombia
Aun cuando tenía el convencimiento de que por parte de los Magistrados de la Corte Suprema de Justicia no habría insultos, ni injurias ni posiciones ambiguas y de doble sentido contra nadie, decidí esperar a que se pronunciaran. Cuando la televisión rompió la programación habitual para presentar una extra, apareció el rostro de un hombre adusto, severo y de mirar inexpresivo, como corresponde a los jueces. No tenía ningún sentimiento ni de ira, de oído o miedo. Las circunstancias lo habían obligado a responder la gran cantidad de diatribas que en contra de la corte Suprema de Justicia habían promulgado en varias ocasiones el Presidente Álvaro Uribe y sus ministros, llenos de miedo, odio, prepotencia y orgullo incontenible, al punto que el país “Social de Derecho” en que vivimos, carecía de importancia al momento de desfogarse.
El magistrado hizo un lacónico y sereno comentario donde rechazo afirmaciones gubernamentales que los acusaba alegre e irresponsablemente de convivencia con el terrorismo, de fallos amañados y, en donde Uribe y sus ministros, invitaba al desconocimiento de uno de los fundamentos básico e insustituible de la democracia: la Justicia. El presidente de la Corte, hizo un llamado para que el Ejecutivo respete y acate los fallos de la Corte Suprema y todos los jueces de la patria. La regla de oro de la democracia establece el respeto e independencia de los tres poderes y actuar en sentido contrario es atentar contra ella. Reiteró que sus fallos solo tienen como fundamento la constitución y las leyes, muy alejados de las consideraciones políticas o de beneficio para determinada persona que les quieren indilgar. Ninguno de los magistrados del alto tribunal tiene vínculos con el terrorismo de que habla el presidente, porque ningún magistrado busca ni puede acrecentar su poder ni llevarlo más allá del tiempo y la distancia.
Nunca antes, a pesar de las guerras civiles, la guerra de guerrilla, las tenebrosas mafias del narcotráfico o del paramilitarismo, la democracia colombiana ha estado tan amenazada como ahora. Violentar a la Corte, teniendo como fundamento elucubraciones, nunca es, ni en Colombia ni en ninguna parte del mundo, un acto sensato. Son explosiones emocionales de personas enfermas y sin ningún reato de conciencia, honorabilidad, ni respeto por Colombia y sus 44 millones de habitantes. La Corte Suprema de Justicia no ha deslegitimado nada ni a nadie, el hecho que causó la deslegitimización fueron delitos cometidos cuando se aprobó la reelección presidencial. Sindicar a la Corte de porque no falla para proteger intereses políticos personales, es simple y llanamente un acto de mala fe.
Me siento bien y vuelvo a creer en Colombia cuando veo que hombres y mujeres como quienes integran la Corte Suprema de Justicia, irradian respeto y dignidad, virtudes muy escasas en nuestra moderna Colombia..

