Hambre, desnutrición y desempleo
Todo el mundo sabe cuál es el principal factor que afecta la alimentación de niños y viejos en Colombia. Conocen a ciencia cierta que la pobreza que acorrala al 75% de los nacionales no les permite mejorar la dieta, que generalmente esta compuesta de yuca, plátano, arroz, maíz, papa, ñame, o sus derivados como tortillas, sopas y fritos, pastas, refrescos. De ahí que nadie resulte sorprendido cuando se denuncia públicamente que 33% de los menores de cuatro años, es decir unos 1.35 millones, padecen de anemia aguda.
Ante el hambre generalizada el propio presidente ha dicho que “Mientras mantengamos los altos niveles de pobreza, será imposible superar este problema de desnutrición”. El funcionario tiene plena conciencia de que de los 18,9 millones de personas menores de 18 años de edad, es decir el 42% de la población total colombiana, hay unos 2,6 millones que tienen deficiencias nutricionales. Lo sorprendente es que en la lucha contra la pobreza y el empleo el gobierno está rajado.
Y no es solo el presente, el problema del hambre y la pobreza se proyecta como la espada de Damocles sobre el país. La directora del Instituto de Bienestar Familiar ha dicho que de la población entre los 10 y 17 años de edad, unas 6,2 millones de personas, un 16% ó un millón de niños y adolescentes sufren desnutrición, “lo que afecta a su desarrollo, su rendimiento escolar y pone en duda un mejor futuro”.
El problema es estructural y muy profundo, no se remedia regalándole una libra de cholote y una frazada en el momento de una tragedia natural para luego abandonar a las personas a su propia suerte. Tampoco esperando que las empresas privadas, a las que solo les interesa el rendimiento económico y no el social, solucione el problema del desempleo.
Es el gobierno el que debe dar el paso más grande e inmediato aplicando la palabra “equidad” y eliminando de un solo tajo el término “exclusión”, en la redistribución de los ingresos. Cuando esos ocurra no habrá desnutrición.

